¿adónde quedaron tu gloria y tu magia?


Hungría, en los Juegos Olímpicos es el equipo más exitoso del deporte más universal, el fútbol. Entre fines de los años cincuenta y principios de los años setenta obtuvo tres medallas de oro, una de plata y una de bronce, la última, ya en Munich 1972. tras perder la final ante Polonia. No era una casualidad ni un asombro del Este de Europa, se trataba de la certeza de que aquel llamado Equipo de Oro era de oro.

Los datos de su decaimiento son elocuentes: no participa da una Copa del Mundo, en la que fue dos veces finalista (en 1938 y en 1954, aquel campeón sin corona ni vuelta). Su última participación sucedió bajo el cielo de México. Se quedó afuera en los octavos de final ante el local tras acceder a esa instancia como uno de los mejores terceros, con dos empates y una derrota. Esa caída, de algún modo o de varios, terminó siendo un lujo para ese plantel en el que se destacaba Lajos Detari, autor del último gol mundialista para los húngaros: ellos pudieron ver in situ al mejor futbolista de todos los tiempos en su versión supersónica. Nada menos. Sí, claro, Diego Maradona.

En la Eurocopa también perdió protagonismos desde hace bastante. En su sos presentaciones tuvo recorridos valiosos. En 1964, en España, se quedó con el bronce en el estreno. El local, que luego sería campeón ante la Unión Soviética, eliminó a Hungría en el tiempo suplementario de las semifinales. En tanto, por la medalla de bronce, los magiares se impusieron 3-1 ante los soviéticos tras 120 minutos de juego. Ocho años más tarde, en Bélgica 1972, Hungría también se asomó al top 4. Alemania Federal fue su verdugo en las semifinales, en Bruselas, y los locales se quedaron con el bronce en Lieja. El oro fue para la Alemania Federal, que dos años más tarde ganaría la Copa del Mundo.

Sin embargo Hungría, con la ampliación de la Eurocopa, mostró atisbos de resurgir. Como un espasmo: accedió a las últimas dos fases finales. En Francia 2016, se quedó afuera con una goleada 4-0 ante el ahora encantador seleccionado belga. Terminó en el puesto trece, Para la edición de este año, disputada en distintas sedes del Viejo Continente, terminó vigésimo tras dos empates de élite (1-1 con el campeón del mundo, Francia) y 2-2 contra (Alemania). La única caído (3-0) fue en el debut contra Portugal, justo en Budapest, en el Puskas.

Pero lo más notorio es el vacío que dejó en el fútbol de los Juegos Olímpicos. Desde la medalla plateada de Alemania Federal 1972 no asomó ni las puntas de los pies. Angeles caídos. Magiares vencidos. Hungría, que se ubica séptimo en el medallero histórico general de los juegos de verano, puede ser alcanzado en fútbol en esta edición y sin diferencias los vaivenes de edad y de profesionales o amateurs y hasta políticos(que forman otros capítulos de esta misma historia). Hay tres seleccionados que suman dos doradas: La Argentina, Rusia (sus preseas fueron ganadas en tiempos de la Unión Soviética y ahora bajo la bandera de ORC, su comité olímpico, tras el escándalo y la sanción por doping de algunos de sus atletas en ocasiones anteriores), Uruguay y el Reino Unido. Los últimos tres están descartados ya que no accedieron a Tokio 2020. ¿Se animará el seleccionado argentino de Fernando Batista a subirse a ese mítico espacio que Hungría ocupa a solas desde 1968? Se animó, no pudo. Se quedó afuera en un grupo compuestos por España, Egipto (los dos que pasaron de ronda) y Australia.

Ell Ferenc Puskas arde de pasión. Son los magyares que quieren recuperar sus días de gloria. (EFE/EPA/ZOLTAN BALOGH)

Ell Ferenc Puskas arde de pasión. Son los magyares que quieren recuperar sus días de gloria. (EFE/EPA/ZOLTAN BALOGH)

Sandor Kocsis tenía un perfecto socio: Puskas. Fueron la mejor expresión de un equipo sin olvido: los Magiares Mágicos que dieron cátedra en Suiza, en ocasión del Mundial de 1954. Aquel perfecto subcampeón representa uno de los capítulos más asombrosos de la historia del fútbol: en la primera rueda de la Copa del Mundo goleó 8-3 a su posterior vencedor en la final, Alemania Federal. Pero más allá de ese desenlace (retratado impecablemente en la película alemana «El Milagro de Berna», que muchas variantes y ediciones tuvo), Hungría resultaba la potencia más respetada de ese tiempo. Era un ballet aquel equipo. Llegó a la Copa del Mundo con antecedentes impresionantes: la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 y una racha invicta de 31 partidos, incluido un colosal 6-3 contra Inglaterra, en la primera caída que sufrieron los dueños de casa en Wembley en toda su historia.

Berna fue una ciudad maldita para Kocsis. Allí había perdido con Hungría aquella final con Alemania. Allí, siete años más tarde, perdió con Barcelona la Copa de Campeones, antecesora de la Champions League, ante Benfica. El héroe magiar metió, de cabeza, el primer gol de la tarde en el Wankfordstadion. Pero los catalanes, entre el final del primer tiempo y el comienzo del segundo, pasó a perder 3-1.

Fue entonces cuando Kocsis empezó a entender que la capital suiza no era su lugar en el mundo. Un cabezazo suyo, esos que nunca fallaba, dio en un palo. La misma mala suerte corrieron sus compatriotas Kubala y Czibor. Barcelona, en definitiva, perdió 3-2. Y cuentan las crónicas de la época que Kocsis estalló en el vestuario de ese estadio esquivo. Entró en crisis. Lloró y lloró. No podía entender lo que acaba de vivir en forma de deja vu. Se convenció de que esos arcos de la capital suiza estaban hechizados. No había otra. Los cuatro remates frenados por los palos de aquel día se sumaron a los dos de la final mundialista del 54. Palo y afuera. Fue la última final europea con arcos con palos cuadrados. La maldición era una cuestión de geometría.

Todo aquello fue una herida que dejó todas las huellas imaginables. Un día, sobre aquella derrota imposible, el arquero Grosics le dijo al novelista Peter Esterházy: «No hay un solo día, entiéndeme bien, un solo día, en que no piense en ese partido». A Puskas siempre le pasó algo similar. La huella permanece también en los que no vivían en aquel tiempo: la Hungría del fútbol parece anclada en aquel tropiezo inesperado.

El húngaro Florian Albert en en 1964, pura gambeta, en el estadio hoy llamado Ferenc Puskas. Ese año, Albert ganó la medalla de oro junto a un equipo de estrellas. Tres años más tarde obtuvo el Balón de Oro. Falleció hace una  El legendario delantero húngaro Flórián Albert, distinguido con el Balón de Oro en 1967, falleció hace una década. (EFE/Gyula Kovacs)

El húngaro Florian Albert en en 1964, pura gambeta, en el estadio hoy llamado Ferenc Puskas. Ese año, Albert ganó la medalla de oro junto a un equipo de estrellas. Tres años más tarde obtuvo el Balón de Oro. Falleció hace una El legendario delantero húngaro Flórián Albert, distinguido con el Balón de Oro en 1967, falleció hace una década. (EFE/Gyula Kovacs)

Cuando Puskas (gloria indeleble de los húngaros, del Real Madrid y del fútbol, el que cada temporada de la FIFA le presta su apellido al mejor gol de todos) ya tenía la memoria averiada, en sus últimos tiempos de cama y de clínica, en Budapest, él sentía un entusiasmo que lo habitaba todos los días. Aunque contaba con un control remoto que podía manejar sin dificultad, nunca cambiaba de canal. En la televisión elegía ver invariablemente Real Madrid TV y delante de sus ojos desfilaban sus viejos compañeros de grandes glorias como su otro socio, Florian Albert; recuerdos que lo evocaban; algunos futbolistas que admiró luego. En ese momento se hacía definitivamente verdad una frase que le había dicho al mundo a través de la serie «El partido del siglo» (guionada por Santiago Segurola y Jorge Valdano): «E fútbol me gusta más que la vida». Y así se fue, en 2006, ya de regreso en Budapest tras su maravilloso periplo por Europa -por razones diversas, algunas confusas, temas de otras historias). Se despidió mirando lo que lo había hecho feliz.

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