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La maldición del Botín de Oro que Oleg Salenko ganó en el Mundial de 1994


Sucedió en ocasión del sorteo para el Mundial de 2014. Fabio Capello -italiano por donde se lo mire- hizo un descubrimiento que contó por varios medios del planeta: el seleccionado ruso juega mejor cuando no lo abrazan con adjetivos que lo hacen candidato. Como la Azzurra, se siente más a gusto agazapado y sin presiones añadidas de cartel. La historia lo cuenta: sin tener presiones realizaron sus mejores campañas en la máxima cita, los dueños del país más extenso del mundo, se sienten mejor. Su cuarto puesto en Inglaterra en 1966 (su mejor participación histórica puede dar cuenta al respecto).

Tras una continuidad de fracasos (no pasaba la primera ronda desde México 1986, días aún de la Unión Soviética) y de ausencias (no jugaba la Copa del Mundo desde 2002), Rusia consiguió maquillarse, hacerse invisible y accedió en 2014 al Mundial en Brasil a la expectativa de lo que el recorrido depare. Algunos lo llamaban El Efecto Salenko, aquel delantero que arribó al Mundial de los Estados Unidos -en 1994- sin nombre ni apellido y se transformó en el Botín de Oro de la competición.

En el sorteo realizado al borde de las bellezas de Costa do Sauipe, a finales de 2013, el mismo Capello tenía una sonrisa ancha sin disimulo, casi como aquella de los días en los que había hecho indomable al Milan o había enderezado al Real Madrid. Estaba contento. Las bolillas que el secretario de la FIFA, Jerome Valcke (otro de los involucrados luego en el FIFA Gate), había leído eran motivo de agrado. Lo dijo sin vueltas: «Estoy encantado con el sorteo». Pero pronto explicó: «Bélgica es uno de los europeos más fuertes. Con Corea del Sur nos hemos enfrentado recientemente en un amistoso en Dubai y nos parecieron serios y competitivos. Y con Argelia tendremos que tener mucho cuidado». También admitió otra cosa: lo bueno que sería tener futbolistas en días como el que alguna vez tuvo Oleg Salenko.

CLAIMA20121211_0085   Salenko en su tarde más gloriosa.

Salenko en su tarde más gloriosa.

El delantero en cuestión no era un crack, ni una estrella brillante. Tampoco un goleador de elite. Eso sí, sus estadísticas avalaban con seriedad la posibilidad de que en algún momento, en un rato, en un partido, explotara. Y un día explotó para siempre. Sucedió el 28 de junio, bajo el cielo de San Francisco, en el Stanford Stadium, y frente a Camerún, frecuente habitante africano de los Mundiales. Salenko usaba entonces el número apropiado a su condición, el 9. Pero ni él ni su equipo habían ofrecido hasta esa ocasión la mejor de las versiones. Venían de dos derrotas – por 2-0 ante Brasil y por 3-1 contra Suecia- y de la fea garantía de la eliminación.

Pero ese día Salenko fue inmenso. Como nunca antes y como nunca después. Venía de una buena campaña en el Logroñés, que solía pelear entonces por la permanencia en la Primera de España. El diario Marca contaba que sus goles eran los que más barato habían salido en la Liga. En la campaña 93/94, Oleg había marcado 16 tantos en 31 encuentros; todo a contrato de saldo. Y ese recorrido de superhéroe de costo escaso fue, sin dudas, lo que lo empujó a la titularidad en el Mundial. Hasta el año de esa Copa del Mundo había jugado apenas un encuentro. Incluso antes, había representado -también por un ratito- al seleccionado ucraniano que estaba resucitando. En Kiev lo querían: había sido valioso para el Dínamo de esa ciudad. Tiempos de otra geografía y de otros vínculos en esa región.

Pero los caminos del destino y también el entrenador Pavel Fyodorov Sadyrin quisieron que Salenko estuviera ahí, en el Mundial. Y en ese día. Y en ese momento. Tardó una hora de fútbol (entre los 15 minutos del primer tiempo y los 30 del segundo) en convertir cinco goles. Nada igual. Ni antes ni después. El arquero rival, Jackes Songo’o, no era cualquiera. En esos días se destacaba en el Metz, de Francia. En los años siguientes se convertiría en uno de los grandes arqueros de la historia del Deportivo La Coruña.

Con esos cinco tantos más el que le había marcado al sueco Thomas Ravelli a Salenko le alcanzó para llevarse el Botín de Oro, a pesar de disputar apenas tres encuentros. Por la eliminación de su equipo nacional se tuvo que volver pronto.

Aquello fue un hito que, a esta altura, se transformó: se trata de una cifra quizá inalcanzable. Lo dijo Salenko en diciembre de 2012, mientras Lionel Messi rompía récords a cada paso y a cada gol. El delantero nacido en Leningrado en tiempos soviéticos no se inhibió ante la consulta y respondió sin broma: «El es el mejor y batirá muchos más récords: no me sorprendería que el próximo año, dependiendo de los partidos que juegue el Barcelona, marque cien goles. Messi es capaz de todo, pero entiendo que puede superar todas las marcas, pero quizá nunca pueda con la mía». No pudieron ni Pelé en sus días de O Rei ni Diego cuando era más Maradona que nunca. Tampoco Guillermo Stábile -cuyo promedio cuenta que hizo dos goles por partido en el Mundial de 1930- ni Just Fontaine ni el otro Ronaldo, el más gordito, el dueño del área y de las mejores definiciones. Nadie hizo lo que aquella vez Salenko logró.

Pero aquel día fue un perfecto espasmo glorioso. Apenas eso. Todo eso. Lo que continuó retrata el concepto: nunca jamás volvió a estar en el gran escenario. Lo contrató Valencia. No rindió. Fue al Glasgow Rangers. Le pasó lo mismo. Luego merodeó por los rincones del mundo: jugó en la Liga de Turquía para el Istanbulspor, pasó por el ascenso de España, recaló en Polonia. Salenko no volvió a ser Salenko. El Botín de Oro, a la distancia, se parecía a una maldición.

Se dedicó al fútbol playa, buscó caminos por fuera del deporte, falló. «Tenía pequeños negocios, pero todo ha caído debido a la crisis, así que tengo que pagar alguna deudas. No estoy arruinado ni nada parecido como para tener que vender todas mis cosas, pero la oferta es difícil de rechazar», expresó entonces. Desde los Emiratos Arabes Unidos, un misterioso jeque que no ofreció su nombre en público le ofreció medio millón de dólares. Nada se supo luego del Botín de Oro de Salenko…

Pero su récord sigue latiendo. Y con él en las tribunas, Rusia accedió a los octavos de final del Mundial que el país que preside Vladimir Putin organizó en 2018. No fue gran cosa la campaña, pero sirvió para matizar la presunta maldición del Botín de Salenko.



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