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«No se le puede dar bola a esto»


Con mi hermano habíamos encontrado la diversión perfecta para los fines de semana. Bueno, no tanto como perfecta. Porque es verdad: nosotros sí nos emocionábamos con la radio, anotábamos con palitos los goles y actualizábamos la tabla «en vivo» en la Sólo Fútbol de la semana anterior. Pero nos era imposible compartirlo con papá. Para él, toda la cuestión era absolutamente ajena. Se ponía a leer el diario o un libro, a veces en el sofá del living, a veces en el balcón si el tiempo acompañaba. Y si le hacíamos un comentario sobre el partidazo que había ganado Atlanta en Rosario o incluso sobre si su Boca había quedado primero después de triunfar en el Superclásico, apenas se limitaba a sonreír debajo de su barba.

¿Qué le pasaba a ese hombre? ¿Cómo podía ignorar semejante posibilidad que nos daba la vida para salir del aburrimiento de los fines de semana?

Porque vamos a ser francos: en nombre de la nostalgia algunos hablarán de la maravilla de aquel pasado de ingenuidades, de juegos en la plaza y de «la cosa sana». Pero para los chicos de ahora la diversión está mucho más al alcance de la mano, con los juegos online, los instagrammers, los youtubers (que muestran cómo juegan online) y los programas en todas plataformas. A los jóvenes de ayer la cosa nos resultaba mucho más complicada sin fútbol televisado, con cinco canales de aire y «Domingos para la Juventud» como principal alternativa para las películas que olían a naftalina en otros canales.

¿Qué problema tenía don Ernesto con esa fiesta como para privarse de semejantes emociones?

Un día se lo pregunté.

Presumía que me iba a responder por el lado de la ideología. Que me diría otra vez que el fútbol era el nuevo opio de los pueblos, que les impedía a los trabajadores tomar consciencia de la opresión a la que son sometidos en el capitalismo. Pero me confesó que la ruptura se había dado por una situación puntual.

Me habló del campeonato de 1948, que disputaban mano a mano Independiente y Racing hasta que en la recta final se decretó una huelga de futbolistas profesionales. Los dirigentes de entonces decidieron continuar, pese a que obviamente se había alterado el espíritu del torneo, y el título viajó a manos del Rojo mientras los partidos se jugaban a los ponchazos. «No se le puede dar bola a esto», pensó papá, que por ese entonces tenía 9 años.

Parte de aquel equipo campeón era José Pedro Battagliero. Un crack que en 1940 era la figura del Atlanta que se salvó del descenso en la última fecha, al meterle un llamativo 6-4 -el primer tiempo terminó 6-0- a un Independiente que ya no peleaba por nada. En el torneo siguiente, Battagliero pasó al Rojo. Y la pelota siguió rodando.

Mi vínculo con el fútbol se afianzó con el tiempo. A pesar de que conocí la historia de Battagliero, la del campeonato del 48 y la de gente que en los baños de la cancha de Almirante Brown escuchaba cómo en el vestuario se negociaba el destino de dos puntos. En el momento de la verdad, suspendía la incredulidad al servicio de la utopía de Atlanta.

Hinchas de Atlanta festejan en Villa Crespo el ascenso a la Primera Nacional en 2019. Foto: Federico Imas

Hinchas de Atlanta festejan en Villa Crespo el ascenso a la Primera Nacional en 2019. Foto: Federico Imas

Por eso hubo festejo con los amigos por el barrio el ascenso del año pasado, sin que importara ni un poco que la alegría llegó después de que la AFA hubiera decidido en el medio del campeonato que en lugar de dos serían cinco los equipos que subirían de categoría. Y también por eso la ilusión creció cuando el equipo, pasada la desconfianza sobre cómo se adaptaría a la Primera Nacional, se puso líder de su zona y nos hizo creer que se podía volver a la A después de 36 años.

Durante el receso escuchamos diferentes versiones. Las que hablaban de un posible ascenso por escritorio y también las que contaban que Atlanta podía entrar en semifinales de un torneo reducido, como premio al primer puesto que tenía cuando todo se suspendió. Y hasta otro disparate: que se jugaría un torneo que arrancaba de cero y en el que se igualaban las chances del que iba primero con las del que iba octavo. Ese disparate que fue el que la AFA terminó aprobando este lunes.

«Es increíble que esto nos siga gustando». «Si no miro para adelante tengo que retirarme de ser hincha, y creo que no puedo». En los grupos de amigos, las frases merodeaban el espíritu de aquella de papá. Ni ganas había de ver el sorteo de este jueves, hasta que uno, psicólogo él, advirtió: «El 28 vamos a estar como siempre. Lo sabemos». Es probable que tenga razón.

Y es que a esta altura renunciar al fútbol implicaría renunciar a demasiado. Al placer de ir a la cancha, que se extraña como a pocas otras cosas. A muchas charlas con los amigos, muchos de los cuales eran del fútbol y ahora son de la vida. Y así, como rehenes de esa vida que construimos -mientras esperamos que llegue un tiempo en que, aunque sea por vergüenza, se disimule un poco más-, estaremos pendientes cuando Atlanta vuelva a jugar. Aunque papá haya tenido razón y sobren las razones para entender que no se le puede dar bola a esto.

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MFV





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