miércoles, mayo 29News That Matters

no sólo busca nuevo club, también un monoambiente por dueño directo en Adrogué


-Decime: ¿Por qué me preguntaste a dónde voy a vivir? ¿Tenés algo? No te achiqués… Mirá que estoy buscando dueño directo-, le dice Pablo Vico al cronista de Clarín antes de subir al micro que lo llevará desde el Lorenzo Arandilla, su casa y la de Brown de Adrogué, a Río Cuarto para enfrentar a Estudiantes de esa ciudad e intentar salir del último puesto en la Zona B del torneo de Primera Nacional.

El viernes alcanzará los 570 partidos interrumpidos al frente de Bron -como Vico y cualquier hincha pronuncia, con corrección futbolística- y habrá punto final para 15 años como entrenador del plantel profesional. La cuenta supera los 25 años de relación si se toman desde que era el canchero de tenis alternando la conducción en juveniles y, a veces, asumir interinamente tras el despido de algún DT de la Primera.

Cambiaron muchas cosas en los últimos 15 años, pero lo que más cambió fue la identidad del club. Cuando tomó la oportunidad de ser el entrenador, el hito del club estaba a nombre Vicente Cristófano quien había sido el mejor en la temporada 99/2000 de la Primera B, pero el logro apenas le sirvió para clasificar a semifinales del reducido: ese año el campeón no ascendía. El viernes, Vico dejará el cargo por no encontrar los resultados en la octava temporada en Primera Nacional.

Lo imposible, pensar a Vico y Bron de Adrogué por separado, sucederá este fin de semana. ¿A dónde se va a vivir el director técnico que vive en la cancha cuando renuncia? La conversación con el diario se inicia con una pregunta inofensiva para escudriñar el ánimo.

-Con una profunda tristeza estoy.

Pablo Vico y su preparador físico, Agustín Galeota, cumplieron 500 partidos al frente de Brown de Adrogué en mayo. (Foto: Prensa Brown)Pablo Vico y su preparador físico, Agustín Galeota, cumplieron 500 partidos al frente de Brown de Adrogué en mayo. (Foto: Prensa Brown)

Vico responde con la mirada clavada a los ojos y se apoya en el hombro del periodista que pregunta como si lo necesitara. Habla en serio. Transita una despedida continua. Es como esas parejas que se separan aunque se quieren, pero asumen que la convivencia caducó. Los dos están tristes, pero ninguno enojado. Coinciden en que es lo mejor, pero se extrañan en los últimos movimientos conjuntos de una relación que se desarma. Fue él quien dijo que daba una paso al costado y la otra parte no se opuso.

Los jugadores ya están arriba del micro. El entrenador está abajo, con el equipo en la cabeza. Pero en la cabeza también tiene que cuando regresen, él empezará a embalar. Lo espera una mudanza. Piensa que dejar de ser el entrenador del equipo no es fácil, sobre todo si la cancha es literalmente tu casa. Vico se adentra en un mundo desconocido: tiene que alquilar, conseguir garantías y poner y desembolsar entre adelanto, comisiones y sellados un dineral que le hace abrir los ojos más grandes que cuando un árbitro no le cobra un penal más grande que, vaya coincidencia, una casa.

-¿Qué buscás para mudarte?

-Un monoambiente, me voy a ir a un monoambiente. No busqué mucho más que eso.

-¿Buscás por la zona, por inmobiliaria?

-Anduve viendo algunas inmobiliarias, sí. ¡No! Yo no puedo por inmobiliaria, es muchísima plata. Ando buscando algo con dueño directo, ¿viste?

Una postal de hace 10 años en su casa dentro del estadio. Foto: Juan Jose Traverso Una postal de hace 10 años en su casa dentro del estadio. Foto: Juan Jose Traverso

La analogía de Vico y Don Ramón se conjuga de una manera mucho más rica con lo difícil que se hace pagar la renta. Pero en el club, al parecer, no hay un Don Barriga. El entrenador, incluso, asegura que le propusieron siguiera habitando su «loft», aunque consiga trabajo en otro club. Nadie lo quiere echar. “Pero me tengo que ir igual, no corresponde quedarme acá. Vuelvo de Córdoba y sigo buscando”, remarca.

La charla con Clarín es íntima, pero no privada. La llegada del carnicero, el que provee al club, pero también al DT, rompe la barrera lacrimógena. “No me hagas llorar”, le ruega Vico al hombre vestido de blanco y parcialmente ensangrentado que se funde en un abrazo y le ofrece al oído juramentos que solo los tipos emocionados se permiten pronunciar.

Un testigo aprovecha el momento emotivo y le sopla al cronista un rumor: que el club le daría un departamento para que pueda mudarse. Las selfies salen como en los días más felices, todos quieren una foto con Vico aunque sea la última y tenga ese encuadre de nostalgia.

El micro está listo. El chofer le da unas pisaditas al pedal del acelerador como dando la señal de partida. Vico hace un ademán de despedida y camina con la cabeza apuntando al piso. Tal vez tenga dudas en los 11 del viernes a la noche o piensa que si suma en Río Cuarto y no lo hace Almirante Brown puede dejar al equipo fuera de la zona roja. Y que si se le dan algunos resultados, pueda dar el adiós fuera de la zona marginal con el margen suficiente para que otro enderece el rumbo.

Tal vez piensa en todo eso para distraerse y no pensar que va rumbo a consumar su última vez con el club de sus amores. Ni en los montos que maneja el libre mercado inmobiliario.



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