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Oscar Casanovas, el campeón olímpico que le dio la mano a Adolf Hitler


Argentina tuvo boxeadores que alcanzaron el escalón más alto de un podio olímpico, como Pascual Pérez. Tuvo boxeadores que, una vez alejados de la actividad, entrenaron a futuros campeones mundiales, como Amílcar Brusa o Santos Zacarías. Tuvo boxeadores que también se destacaron en el fútbol antes de brillar con los guantes, como Pedro Lovell. Tuvo boxeadores que incursionaron en la actuación, como Carlos Monzón. Tuvo boxeadores que se animaron a escribir versos, como Sergio Víctor Palma. Y tuvo a uno que hizo todo eso: Oscar Casanovas. Todo ello de la mano de una carrera profesional de apenas siete peleas.

Fue el fútbol el que llevó a Casanovas al boxeo a mediados de la década de 1920, cuando el deporte más popular del planeta todavía no era una actividad rentada en esta parte del mundo y ese muchacho rubio y de ojos celestes se destacaba como organizador de juego y goleador en las divisiones inferiores de Huracán, en las que jugó hasta la Sexta. Una pelea a puñetazos durante un partido, cuando tenía apenas 11 años, fue vista por el entrenador Luis Di Maio, quien le propuso que se calzara los guantes y comenzara a entrenarse y a hacer exhibiciones en el Himalaya Boxing Club.

“Cobrábamos con las monedas que el público nos arrojaba al ring. Llegábamos a llevarnos hasta tres pesos cada uno por reunión. Era categoría microbio, pesaba 32 kilos”, recordó en una entrevista publicada en El Gráfico en 1975. Pocos meses después, se trasladó al gimnasio del club ANBA, ubicado en Chacabuco al 400, en Monserrat, al tiempo que trabajaba en una confitería de la zona. A los 14 años participó en su primer torneo oficial y a los 17 intervino en el Campeonato Argentino de Novicios: fue subcampeón en la categoría mosca.

Un año después, tuvo revancha por triplicado: obtuvo el Campeonato Metropolitano, el Argentino de mayores y el Rioplatense que se disputó en Montevideo. En 1933, ya en la división gallo, consiguió el Sudamericano en Río de Janeiro y en 1935, en pluma, el Latinoamericano en Córdoba. Esos pergaminos le permitieron ganarse un lugar entre los deportistas que viajarían a Berlín para representar al país en la 11ª edición de los Juegos Olímpicos.

Oscar Casanovas en la portada de la revista el Gráfico en julio de 1935.

Oscar Casanovas en la portada de la revista el Gráfico en julio de 1935.

Casanovas integró el equipo de boxeo junto a Alfredo Carlomagno, Leonardo Gula, Lidoro Oliver, Raúl Rodríguez, Raúl Villarreal, Francisco Risiglione y Guillermo Lovell. Ellos fueron parte de una delegación argentina que por primera vez incluía a una mujer (la nadadora Jeanette Campbell, de apenas 20 años) y que estaba integrada por 55 atletas que participarían en ocho de las 21 disciplinas que incluía el programa olímpico.

La representación nacional viajó en el transatlántico alemán Cap Arcona, que durante la Segunda Guerra Mundial sería destinado a fines bélicos y sería hundido, con más de 4.000 prisioneros del régimen nazi a bordo, en mayo de 1945 durante un ataque de la Real Fuerza Aérea británica frente a la Bahía de Lübeck, en el norte de Alemania. La travesía incluyó paradas en Montevideo, Río de Janeiro, Lisboa y Boulogne Sur Mer antes de llegar a Hamburgo. Desde allí, los atletas se trasladaron en tren hasta Berlín, adonde llegaron 45 días antes del inicio de los Juegos para completar su preparación. “Cuando llegó el momento de subir al ring, estábamos a punto”, sostuvo Casanovas.

La preparación física era crucial para una competencia que no ofrecería descanso y que se llevaría a cabo, al igual que las de lucha y levantamiento de pesas, en el Deutschlandhalle, un estadio polideportivo con capacidad para 10.000 personas que había sido inaugurado en noviembre del año anterior por Adolf Hitler y que era utilizado, entre otras actividades, para actos del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. Tras la caída del régimen nazi, ese coliseo fue sede de numerosos eventos deportivos y culturales hasta su demolición en 2011. Allí se presentaron, entre otros, los Rolling Stones, The Who, Queen y Jimi Hendrix.

El Deutschlandhalle, donde se desarrollaron los combates de boxeo de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936.

El Deutschlandhalle, donde se desarrollaron los combates de boxeo de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936.

En poco más de 72 horas definió su suerte Casanovas, que aspiraba a la medalla de oro en la categoría pluma que en Los Ángeles 1932 había conseguido un compatriota, el porteño Carmelo Robledo. Después de quedar libre en la primera ronda, venció el 12 de agosto al finlandés Åke Karlsson, el 13 superó al polaco Aleksander Polus y el 14 batió al húngaro Dezső Frigyes, subcampeón europeo de la categoría. Así accedió a la final, que se disputaría al día siguiente.

Por esas horas, Argentina ya había logrado tres medallas: la de oro que había ganado el equipo de polo integrado por Luis Duggan, Roberto Cavanagh, Andrés Gazzotti y Manuel Andrada; la de plata conseguida por Jeanette Campbell en los 100 metros estilo libre y la de bronce obtenida por los remeros Julio Curatella y Horacio Podestá en la prueba de par sin timonel. Faltaban las finales del boxeo, el deporte que más había aportado históricamente: antes de Berlín 1936, había sumado cuatro de los siete oros que atesoraba el deporte nacional y 11 de las 17 preseas de cualquier metal.

En la final de su categoría, Casanovas se midió con el sudafricano Charles Catterall, que venía de ser campeón de los Juegos del Imperio Británico y lo superaba en talla y alcance. Después de dos asaltos cerrados, terminó inclinando la balanza en el último episodio. “Lo superé manteniéndome en la línea de combate que había desplegado en todas las peleas anteriores, sin dejar de boxear. En el tercer round, con la medalla al alcance de mi mano, le metí tantas piñas que todavía no me explico cómo no se cayó”, contó el vencedor.

Cuando el árbitro italiano Mario Teodori levantó su brazo, el joven de solo 20 años estalló. “Me puse a llorar. Pensaba en los míos, en tantos amigos, en la patria lejana. Sentía que el triunfo, más que mío, era de Argentina”, explicó. Ese día también consiguieron medallas Guillermo Lovell (plata en la categoría pesado), Raúl Villarreal (bronce en mediano) y Francisco Risiglione (bronce en medipesado). Así, la delegación argentina igualó, con siete preseas, su actuación en Ámsterdam 1928. Ese número volvería a ser alcanzado en Londres 1948, pero nunca superado.

Oscar Casanovas es uno de los siete boxeadores argentinos que consiguieron una medalla de oro olímpica.

Oscar Casanovas es uno de los siete boxeadores argentinos que consiguieron una medalla de oro olímpica.

El 16 de agosto, el mismo día de la ceremonia de clausura de los Juegos, Casanovas estrechó la mano derecha de Hitler, recibió su medalla de oro, un retoño de roble y un libro, y subió al escalón más alto del podio en el Estadio Olímpico, flanqueado por el sudafricano Catterall y el alemán Josef Miner, quien sería reclutado por el Ejército teutón durante la Segunda Guerra Mundial y moriría en combate en territorio rumano en 1944.

Después de la premiación, Casanovas volvió a la villa olímpica y escribió unos versos que todavía era capaz de recitar de memoria cuatro décadas más tarde:

Cada día una pelea
Cada pelea una victoria
Cada victoria un paso más
Hacia la dicha
En la parte más alta
De la tarima me encontraba
Mientras mi bandera subía hacia el cielo
Al compás del himno nacional
Mientras tanto no pude contener
Dos lágrimas que volaron
Hacia Parque Patricios
Para darles gracias a mis padres
Por haberme dado la vida
Creo que si en ese momento
Me hubiera sorprendido la muerte
La habría esperado
Con la sonrisa en los labios
Había cumplido con mi patria
Mis padres y mis amigos
Y mi barrio querido
De Parque de los Patricios

Esa medalla, que le generó tamaña alegría al momento de conseguirla, quedó poco después asociada a una tragedia familiar. “Cuando volvimos (a Buenos Aires), el recibimiento en el puerto fue tan grandioso y la emoción tan inmensa que mi papá se enfermó del corazón y murió a los seis meses”, contó el campeón. Y sentenció: “Cada vez que lo pienso, me digo que nunca debí haber ganado esa medalla”.

En 1938, dos años después de su consagración en Berlín, saltó al profesionalismo, pero su trayectoria fue efímera: hizo solo siete peleas y debió retirarse en 1940 debido a una lesión en la columna. En uno de esos combates, derrotó a Vital Coccio, por entonces campeón argentino pluma, aunque en ese duelo no estuvo en juego la faja nacional.

Entre su éxito olímpico y su presentación como rentado, Casanovas destinó un tiempo a participar en la película Mateo, dirigida por Daniel Tinayre y con guión basado en la obra teatral homónima escrita por Armando Discépolo en 1923 y considerada la primera del grotesco criollo. El film fue rodado en 1937 en los estudios que Lumiton, la primera productora de cine del país, tenía en Munro.

Coprotagonista junto a Luis Arata y Enrique Santos Discépolo, el púgil de Parque de los Patricios interpretó a Chichilo Salerno, un humilde joven aspirante a boxeador que sueña con consagrarse campeón para apuntalar la empobrecida economía de la familia de origen italiano y que llega a obtener el título sudamericano ligero noqueando al campeón Pascual De Marco en el Luna Park.

Oscar Casanovas en "Mateo", la película dirigida por Daniel Tinayre que coprotagonizó junto a Luis Arata y Enrique Santos Discépolo.

Oscar Casanovas en «Mateo», la película dirigida por Daniel Tinayre que coprotagonizó junto a Luis Arata y Enrique Santos Discépolo.

Una vez retirado y con apenas 25 años, comenzó a trabajar en el gimnasio de su querido Huracán, donde empezó a forjarse como entrenador. Por sus manos pasaron, entre otros, el célebre rosarino Alfredo Prada, campeón argentino y sudamericano de los ligeros y protagonista de una histórica rivalidad con José María Gatica, y el panameño Luis Federico Thompson durante el tramo más destacado de su carrera, en el que venció al campeón mundial wélter Don Jordan en el Luna Park, aunque sin el título en juego, y cayó en su intento mundialista ante el cubano Benny Kid Paret.

Entre sus pupilos también estuvo un muchacho que había nacido en Vedia (a 55 kilómetros de Junín), se había radicado en Luján y, con 17 años, poca técnica y mucha enjundia, había llegado al gimnasio del Luna Park, donde trabajaba Casanovas a mediados de la década de 1960: Víctor Emilio Galíndez.

“Vino a mí cuando era purrete y no sabía absolutamente nada. Después de tenerlo un tiempo, me convencí de que era un buen contragolpeador. Entonces lo mandaba a boxear y a aprovechar las situaciones. A él le gustaba pelear y yo quería que boxeara. Al final nos separamos”, contó el campeón olímpico. El Leopardo siguió su camino primero junto a Horacio García y luego con Juan Carlos Pradeiro, quien lo condujo al título mundial mediopesado de la Asociación Mundial de Boxeo en 1974.

Casanovas murió en 1987, pero su nombre lo sobrevivió: le fue asignado a un importante torneo amateur de boxeo y también a un sector de la cabecera local del estadio de Huracán, que homenajea a otro púgil que llevaba al Globo en su corazón: Oscar Natalio Bonavena.

El sector Oscar Casanovas en la cabecera local del estadio de Huracán.

El sector Oscar Casanovas en la cabecera local del estadio de Huracán.



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